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La agricultura vertical genera una dependencia absoluta de la energía eléctrica.

La agricultura vertical ahorra hasta un 95% de agua y multiplica por 60 la eficiencia del suelo

Operar una granja de lechugas genera costes radicalmente dispares, con ejemplos que oscilan desde los 0,85 euros por kilo en Estocolmo hasta los 1,75 euros en Riad.

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En un escenario global marcado por las sequías extremas y las tensiones logísticas, la forma de producir alimentos busca nuevas vías de evolución. Ante esta realidad, la Universidad Internacional de Valencia (VIU), perteneciente a la red de educación superior Planeta Formación y Universidades, analiza el auge de la agricultura vertical automatizada como una de las claves para construir ciudades más resilientes.

El doctor Roger Clotet Martínez, director del Grado en Ingeniería Informática y docente del Máster Universitario en Big Data y Ciencia de Datos de VIU, explica que este modelo aporta un nivel de control inédito sobre los cultivos.

Dentro de las granjas urbanas, la combinación de sensórica agronómica con los actuales sistemas de automatización facilita la creación de un entorno a medida para cada alimento.

Eficiencia hiperbólica y algoritmos que descifran la biología

La agricultura convencional afronta limitaciones severas de recursos, un desafío que la automatización vertical mitiga con cifras contundentes.

En cultivos de hoja verde, los más habituales en estos sistemas, la literatura científica y organismos como la FAO e instancias de las Naciones Unidas reportan mejoras extraordinarias en sostenibilidad hídrica y del suelo. En términos de ahorro de agua, Clotet señala que «nos movemos en rangos que van del 80% al 95% respecto a la agricultura tradicional».

«En estudios científicos sobre la lechuga, se han reportado consumos cercanos a los 20 litros por kilo en sistemas hidropónicos frente a unos 250 litros por kilo en la producción convencional, lo que equivale a un ahorro superior al 90%», detalla el experto de VIU.

En cuanto al aprovechamiento del espacio urbano, la ganancia no se mide solo en superficie horizontal, sino en volumen. Los rendimientos por metro cuadrado en sistemas hidropónicos de lechuga llegan a ser entre 10 y 11 veces superiores. Además, en ambientes controlados, la eficiencia en el uso global de tierra y agua puede situarse entre 38 y 60 veces por encima de la producción en campo abierto, permitiendo cosechas más rápidas, estables y frecuentes durante todo el año.

Algoritmos que «leen» las plantas antes que el ojo humano

El núcleo de esta revolución reside en la convergencia de tres capas tecnológicas: datos históricos, datos en tiempo real y modelos de predicción basados en Inteligencia Artificial e Internet de las Cosas (IoT). Estos sistemas permiten monitorizar parámetros como el pH, la conductividad eléctrica, la humedad o la concentración de CO2, regulando de forma dinámica la configuración de la iluminación LED o las soluciones acuosas de nutrientes.

Una de las mayores ventajas de esta tecnificación es la capacidad del software para predecir el estrés de un cultivo antes de que sea visible. Mientras que el ojo humano detecta el problema cuando ya existen manchas o pérdida de firmeza, los sensores captan microcambios en la temperatura foliar o la fluorescencia de la clorofila.

  • Anticipación científica. Estudios combinados de espectroscopía y ‘machine learning’ han logrado detectar el estrés de las plantas entre 1 y 5 días antes de mostrar síntomas, con un 94% de nivel de acierto.
  • Visión artificial en campo. En condiciones reales y entornos complejos fuera del laboratorio, los modelos ligeros de diagnóstico de enfermedades ya alcanzan una precisión de entre el 92,8% y el 98% mediante aplicaciones móviles. «Más que decir que el software sustituye al agricultor, diría que amplía su capacidad de observación», aclara el docente de VIU.

A pesar de sus ventajas estructurales, el experto advierte que este modelo no es una solución universal ni está exento de retos. Al eliminar la dependencia de la tierra, la agricultura vertical genera una dependencia absoluta de la energía eléctrica para la iluminación artificial y la climatización, lo que expone al sector al precio de la luz y al riesgo de una «inflación verde».

La viabilidad económica está ligada de forma directa al clima local. Un estudio sobre la producción de lechuga en granjas verticales evidencia la enorme disparidad de costes operativos por kilo según la geografía:

  • Estocolmo: 0,85 €/kg.
  • Nápoles: 1,35 €/kg.
  • Riad: 1,75 €/kg.

A esto se suman las recientes advertencias de la FAO sobre la vulnerabilidad de las cadenas tradicionales ante conflictos internacionales —como las disrupciones en el estrecho de Ormuz—, que afectan simultáneamente a la energía y a la producción de fertilizantes.

Por ello, Clotet dibuja un mapa donde las granjas verticales no sustituyen, sino que actúan como un complemento estratégico urbano para productos frescos de ciclo corto y alto valor, coexistiendo con una agricultura tradicional más eficiente.

El nuevo ingeniero agrícola es informático

Esta transformación está redefiniendo por completo el perfil profesional en sectores tradicionalmente analógicos. La informática y la ciencia de datos se han convertido en herramientas transversales de la denominada e-Agriculture (agricultura digital), una línea que la FAO impulsa activamente para fortalecer las cadenas de valor y apoyar políticas basadas en evidencias.

«El rol del ingeniero informático ya no se limita a desarrollar software desde una oficina», concluye el Dr. Roger Clotet Martínez. «Ahora diseña sistemas complejos que integran sensores, IA, visión artificial y ciberseguridad para resolver problemas críticos del mundo real: ahorrar agua, optimizar fertilizantes y garantizar alimentos de calidad».