Este fin de semana, en Villamanta, el Rey señaló que «hemos perdido un patrimonio natural incalculable». Merece la pena detenerse en ese adjetivo. No dijo enorme, ni grave, ni cuantioso; dijo incalculable. Y la palabra importa, porque lo que estos incendios se han llevado no es simplemente mucho: está, literalmente, fuera de la lógica del cálculo.
Hemos construido una civilización que ha aprendido a levantar y a rehacer casi todo. Construimos y reconstruimos edificios, ciudades enteras, catedrales que ardieron; con tiempo y recursos, casi ninguna pérdida material es ya irreversible.
Con el arte ocurre algo parecido, y ahora más que nunca: primero aprendimos a reproducirlo, después a difundirlo sin límite, y hoy la inteligencia artificial genera en segundos cualquier tipo de arte y lo vuelve copiable, accesible, masivo. Lo material lo superamos hace tiempo; lo que era único e irrepetible, ahora también.
Queda, sin embargo, una categoría de cosas que se resiste a todo eso. Una encina de quinientos años. Un olivo milenario. Un pinar que tardó siglos en crecer y se pierde en una tarde. No se construyen, no se reconstruyen, no se reproducen ni se generan, y nadie que hoy viva volverá a verlos como eran. Eso es lo incalculable: no algo demasiado caro para ponerle precio, sino algo que ninguna mano y ninguna inteligencia, humana o artificial, puede devolver.
Por eso, lo único que hoy conserva un valor verdaderamente incalculable no es lo que hacemos nosotros, sino lo que no sabemos hacer: los bosques, los mares, los paisajes.
Y hay algo más, propio de la tierra: no solo es irreemplazable como un bosque antiguo, sino que además es finita. Es el último activo que no se fabrica ni se acelera, el único que no admite una versión nueva. No se produce más: la que hay es la que habrá.
Esto debería cambiar cómo miramos el campo que arde cada verano. No es un paisaje de fondo ni una cifra de hectáreas: es un patrimonio que, una vez perdido en su forma madura, no se recupera, ni para nosotros ni para quienes vengan después. Cuidarlo, mantenerlo vivo, gestionado y habitado, no es nostalgia ni es negocio: es custodia, una responsabilidad compartida entre quien lo posee, quien lo administra y quien lo mira desde la ciudad como si no fuera suyo.
Conviene decir también algo que a veces se calla: el fuego forma parte de la vida del monte. Que arda de vez en cuando, en su medida, es un proceso natural. Lo que no es natural es su dimensión actual. Un incendio no llega a amenazar vidas ni a arrasar decenas de miles de hectáreas por fatalidad, sino por lo que dejamos de hacer antes: gestionar los montes, prevenir a tiempo y dotar medios suficientes. Que el monte arda puede ser parte del ciclo; que arda así, y que ponga en peligro a las personas, es casi siempre responsabilidad nuestra.
Vivimos rodeados de copias, de réplicas y de versiones. Casi todo lo que nos importa se puede rehacer, reproducir o generar de nuevo. Casi todo, menos esto. Un bosque de siglos no tiene copia ni segunda oportunidad, y esa es precisamente la razón por la que hoy es lo más auténtico, lo más valioso y lo más incalculable que nos queda. Tratarlo como tal no es romanticismo: es reconocer lo único que, de verdad, no vuelve.













