Las principales organizaciones de la cadena agroalimentaria europea han elevado la presión sobre las instituciones comunitarias para que sitúen al sector en el centro de la agenda de competitividad de la Unión. En un momento marcado por la revisión de prioridades estratégicas, el ámbito agroalimentario reivindica su papel estructural en la economía, la seguridad y la estabilidad del continente.
Con más de un billón de euros en valor añadido bruto, la cadena de valor agroalimentaria supera el peso económico de otras grandes industrias europeas. Su impacto, sin embargo, va más allá de las cifras: garantiza a diario el abastecimiento de alimentos seguros, nutritivos y de calidad tanto para el mercado interior como para terceros países, en un entorno internacional condicionado por la inestabilidad geopolítica y la volatilidad de los mercados.
El sector advierte de que se encuentra sometida a una presión creciente. La complejidad regulatoria, la inseguridad jurídica, el incremento de las cargas administrativas y la vigencia de marcos normativos desactualizados están, a juicio de sus representantes, frenando la inversión y la innovación. Estas limitaciones no solo afectan a la competitividad empresarial, sino que comprometen la capacidad del sistema para adaptarse a las exigencias ambientales, tecnológicas y sociales.
Ante este escenario, las organizaciones reclaman una simplificación normativa efectiva y una modernización profunda de la legislación europea. Consideran imprescindible agilizar los procesos de autorización, reducir trámites innecesarios y facilitar el desarrollo de soluciones innovadoras vinculadas a la bioeconomía y la economía circular. Aunque reconocen avances iniciales en esta dirección, sostienen que resultan insuficientes para desbloquear todo el potencial productivo y tecnológico del sector.
Desde esta perspectiva, reforzar la competitividad agroalimentaria no es solo una cuestión de crecimiento económico, sino un elemento central de la autonomía estratégica europea. Disminuir dependencias externas, asegurar el suministro de alimentos y fortalecer la resiliencia productiva se perfilan como prioridades inaplazables.
El mensaje es claro: Europa debe actuar con determinación si aspira a consolidar un sistema agroalimentario fuerte, innovador y capaz de sostener su papel como garante de seguridad, estabilidad y prosperidad en un contexto global cada vez más incierto.




















